El debate sobre el papel de la inteligencia artificial en la sociedad ha dado un giro inquietante. Ya no se trata solo de eficiencia o automatización, sino de quién controla el relato y cómo la tecnología puede moldear la opinión pública sin que apenas lo percibamos.

La concentración de poder tecnológico
La propiedad de los medios y plataformas digitales se concentra cada vez más en manos de tecnooligarcas con perfiles ideológicos definidos. Esta concentración convierte a la inteligencia artificial en algo más que una herramienta: en un potencial mecanismo de administración de la opinión pública capaz de anticipar, absorber o neutralizar cualquier alternativa política o social.
No hace falta censurar una idea cuando se puede conseguir algo más efectivo: hacerla parecer absurda, antigua o sencillamente imposible de pensar. La IA acelera este proceso de forma exponencial, filtrando qué información aparece primero, qué desaparece y qué consideramos verdadero o deseable.
Alarmas desde dentro de la industria
Jacob Coxon, investigador británico que renunció a su puesto en Anthropic, ha declarado que las personas que construyen IA creen sinceramente que podría representar un riesgo existencial para finales de la década. Sin embargo, estas declaraciones aparecen justo cuando las grandes empresas de inteligencia artificial necesitan cantidades descomunales de capital para jugar en las grandes ligas financieras.
El momento resulta llamativo: pocas cosas son más rentables en los mercados que desacreditar una empresa, hacer que baje su valor bursátil y, mediante un giro inesperado, ver ese valor aumentar generosamente para las carteras que estaban al tanto. No necesariamente hay conspiración; el capitalismo ha demostrado que puede producir comportamientos coordinados sin que nadie tenga que reunirse para coordinarlos.
La nueva carrera tecnológica
Los tecnooligarcas propietarios de esta infraestructura —que podrían contarse con los dedos de una mano— construyen un relato sobrecargado de alarmismo: hay que ganar la carrera de la inteligencia artificial frente a China y el bloque BRICS. Y como estamos ante una carrera, cualquier medio empieza a quedar justificado por el fin.
La guerra que antaño justificó la carrera nuclear aparece ahora desplazada hacia otra geometría del poder: Occidente y China. Ahora se discute quién posee la tecnología capaz de organizar la realidad, quién clasifica la información y quién decide qué aparece primero y qué desaparece.
El afuera ya no existe
Quizá el verdadero poder de la IA no consista en que algún día pueda destruir a la humanidad con un clic, sino en algo mucho menos espectacular: que llegue a intervenir en la construcción de aquello que llamamos realidad sin que apenas percibamos esa intervención. El afuera, que hasta hace poco podía parecer incómodo pero posible, empieza a dejar de serlo.
La metáfora de la pastilla roja y azul de Matrix cobra nueva relevancia. Puede que no exista ningún Morfeo esperando para invitarnos a dudar. Puede incluso que el simple hecho de estar frente a la pantalla signifique que ya estamos dentro del ecosistema digital que organiza una parte creciente del mundo.
¿Existe una salida?
p>Pertenecemos a una coordenada concreta: la del norte global y su relato. Un relato que no coincide con el del sur global y que no parece interesado en que conozcamos su antítesis. Porque quizá desde allí exista otra versión de lo que está ocurriendo, otra interpretación del progreso y la tecnología.Ya nada impedirá que la tecnología continúe su ritmo acelerado. Pero quizá sí pueda darnos alguna pista sobre cómo convertirla en aliada en lugar de enemiga. Al fin y al cabo, también el fuego debió de parecer alguna vez una fuerza imposible de controlar. Y acabó dentro de un mechero recargable.
Fuente: Nou Diari · Esta información ha sido elaborada por la redacción de Novabalear con apoyo de herramientas editoriales automatizadas.
