Un color puede transformarse en uno de los mayores activos de una marca, capaz de generar reconocimiento sin necesidad de logotipo ni campaña publicitaria. La historia del azul ultramarino ilustra esa evolución: desde pigmento exclusivo de cortes hasta símbolo corporativo protegido legalmente.
Del monopolio del lapislázuli a la democratización del azul
El azul lapislázuli fue durante siglos el color más caro del mundo por su procedencia mineral limitada. Su monopolio se rompió en 1826, cuando el químico francés Jean-Baptiste Guimet sintetizó un ultramar artificial idéntico al natural, ganando un premio de 6.000 francos por el hallazgo. La consecuencia inmediata fue la democratización: el azul pasó de ser un pigmento reservado a las élites a estar disponible para cualquier fabricante.
Más de un siglo después, el artista francés Yves Klein (1928-1962) intentó recuperar la exclusividad. En 1960 registró la fórmula de un ultramarino con resina sintética, bautizado como International Klein Blue, desarrollado junto a Édouard Adam, un vendedor de pinturas de Montparnasse. Aunque la ley francesa no permite patentar un color en sí mismo, Klein registró la técnica mediante un sobre Soleau, mecanismo que certifica la autoría de una idea sin llegar a ser una patente.
Tiffany & Co.: cuando el azul se convierte en marca registrada
Ningún caso ilustra mejor la transformación de un color en activo defendible que el de Tiffany & Co. El llamado robin’s-egg blue apareció en 1845 en la cubierta del Blue Book, catálogo anual de la casa neoyorquina, cuatro décadas antes de que existiera el concepto moderno de identidad corporativa. Durante más de siglo y medio, la compañía mantuvo el tono como seña visual sin protección legal formal.
El punto de inflexión llegó en 1998, cuando Tiffany registró el color como marca comercial en la Oficina de Patentes y Marcas de Estados Unidos, demostrando que el consumidor asociaba ese tono de forma inequívoca con la compañía. En 2001, Pantone estandarizó el tono en exclusiva bajo el código 1837, en referencia al año de fundación de la casa, un color que no está en el catálogo público de la paleta.
Para cualquier empresa que quiera replicar esa estrategia, el camino tiene dos frentes: un registro legal ante la oficina de propiedad industrial correspondiente, que exige demostrar que el tono es distintivo y que el consumidor ya lo asocia con la marca; y un desarrollo técnico con Pantone, que fija un código exclusivo y garantiza reproducción exacta en cualquier fábrica del mundo.
La estrategia del amarillo: provocar para reforzar el azul
La solidez del azul Tiffany como activo quedó patente en 2021, cuando la marca —recién adquirida por LVMH— publicó en su Instagram la etiqueta #TiffanyYellow. Algunos seguidores se indignaron, convencidos de que la marca abandonaba su azul histórico. Casi 500.000 likes en horas.
En realidad, fue el arranque de un pop-up real en Rodeo Drive, Beverly Hills, para presentar una colección de diamantes amarillos encabezada por la gema Tiffany Yellow, de 130 quilates. La experta en color Leslie Harrington explicó la lógica: el amarillo es casi el opuesto exacto del azul en la rueda cromática, la combinación de mayor impacto visual posible. Bastó con insinuar que el azul podía cambiar para generar más ruido que cualquier campaña planificada con ese mismo azul de siempre.
La Prairie y el azul cobalto: ruptura en cosmética de lujo
El caso de La Prairie aporta una lectura distinta: el color como herramienta de ruptura en un mercado saturado. A principios de los ochenta, todo el packaging de alta cosmética compartía el mismo código: tarros blancos, discretos, indistinguibles entre marcas. En ese contexto, la firma suiza decidió apostar por un azul cobalto intenso para el lanzamiento de su colección Skin Caviar, hoy una de las líneas más rentables de la marca.
La elección no partió de marketing, sino de una colaboración casual con la artista franco-estadounidense Niki de Saint Phalle (1930-2002), quien sugirió su color predilecto, el mismo cobalto de su obra escultórica, en un momento en que ningún competidor se atrevía a romper el código cromático del sector. Cuatro décadas después, ese vínculo con el arte se convirtió en estrategia de posicionamiento. La Prairie fue socio de Art Basel desde 2017, con instalaciones en Basilea, Hong Kong y Miami.
El color como activo estratégico
Estos casos demuestran que un color, sin protección legal, no es más que un capricho estético; con ella, se convierte en activo. Para cualquier compañía de lujo, la enseñanza va más allá de la paleta cromática: la exclusividad no siempre nace de la escasez de materia prima, como el lapislázuli; también puede construirse por vía legal, por estandarización industrial o por una colaboración cultural adecuada. Quien controla el código visual de un producto controla parte de su percepción de valor, y esa percepción, en el lujo, es la que se traduce en precio.
Fuente: Expansión · Esta información ha sido elaborada por la redacción de Novabalear con apoyo de herramientas editoriales automatizadas.
