Paquita Marí Tur todavía recuerda la primera vez que llegó a una obra de construcción en Can Fornet, Ibiza, a principios de los años noventa. Había completado tres años de formación en un taller-escuela de cantería, arqueología y albañilería. Aquel primer día, cuando alzó la maza para partir piedra viva, una cincuentena de obreros salieron de todos los rincones de la obra para observar a la única mujer en un oficio dominado por hombres.

«El primer día allí cogí la maza y cuando alcé los brazos para partir piedra subí un segundo la mirada y vi que había, sin exagerar, una cincuentena de obreros que salían de todos los rincones con los ojos fijos en lo que estaba a punto de hacer», explica Marí. Aquella escena la hizo morirse de vergüenza entonces; hoy le provoca una carcajada. En 2001 se convirtió en la primera mujer de Ibiza en obtener la carta de maestra artesana margera, especializada en la construcción de muros de contención de piedra en seco, una técnica declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO en 2018.
Formación en un taller pionero
Marí llegó a este oficio a través de un taller-escuela establecido en 1991 por el Ayuntamiento de Ibiza, un proyecto poco habitual de formación de futuros artesanos. Bajo la dirección del maestro Pep Fuentes, los alumnos realizaban prácticas con empresas y participaban en proyectos de la ciudad. Paquita contribuyó al adoquinado y a la construcción y restauración artesanal de muros de piedra que hoy forman parte del paisaje de Dalt Vila.
Ella había dejado la escuela secundaria en octavo curso y quería contribuir a la economía familiar mientras sus hermanas estudiaban o trabajaban. Aunque pensó en dedicarse a la arqueología, el mundo de la cantería terminó por atraparla. «Se me ilumina la cara cuando recuerdo la sensación de picar y carear piedra por primera vez», reconoce.
Barreras en el acceso al empleo
Sin embargo, acceder a un empleo no fue sencillo. Al terminar la escuela, comenzó a buscar trabajo en obras y empresas de construcción, pero se encontraba siempre con la misma pregunta: «¿Pero tú qué haces exactamente? ¿Y sois más mujeres?». Le respondían con escepticismo y promesas de llamadas que nunca llegaban. «¿Cómo puede ser este mundo tan machista que ni hacían una prueba ni nada?», se preguntaba.
Decidió cambiar de estrategia. Se alió con varios compañeros del taller-escuela y formaron una cuadrilla especializada en muros de contención de estilo tradicional. Cuando llegaba con ellos en el camión a una obra, siempre pensaban que era «una acompañante, la mujer de alguno». Hasta que se ponía a picar piedra, maza en mano. «Cuando empezaron a ver que trabajábamos muy bien, pasé de ser ‘la acompañante’ a que se nos identificara fácilmente como sa colla de sa dona», explica.
Sa Picassa: empresa propia de cantería
La cuadrilla quedó formada por tres personas: Manuel Vicente (quien años después se convertiría en marido de Paquita), Eduardo Fernández y ella misma. Juntos crearon su primera empresa de cantería, Sa Picassa, en honor a una de las herramientas utilizadas para picar y carear la piedra. A Paquita le correspondía el rol de «la cabeza pensante»: escoger, picar y carear la piedra para que después sus compañeros pudieran colocarla.
«Me encanta partir piedra, sobre todo si es una piedra buena: saber dónde tocarla para que quede partida y prácticamente hecha porque sabes partirla bien es un gusto espectacular», describe. La tarea tiene una parte matemática y otra extremadamente espontánea e intuitiva: hay que mirar el hueco, saber escoger la piedra que debe ir ahí y cómo partirla tocándola lo menos posible.
Recuperación de técnicas tradicionales
La construcción tradicional también llevó a la cuadrilla a recuperar una práctica prácticamente desaparecida: la producción artesanal de cal. En ese proceso contó con el apoyo de otros artesanos tradicionales de las Pitiusas, principalmente Vicent Marí ‘Palermet’. La cuadrilla participó en la restauración de casas payesas donde comprobaron la necesidad de utilizar cal para determinadas construcciones, frente al cemento que se extendió en los años sesenta.
«Hemos llegado a construir hornos de cal que mantuvimos encendidos durante tres días, como se hacía antiguamente», recuerda. En aquellas jornadas, muchos mayores de la zona, cerca de los ochenta años, se acercaban a compartir horas de guardia, consejos y recuerdos sobre una forma de trabajar que habían conocido de jóvenes.
Crítica a las prácticas modernas
Durante sus años en el oficio, Marí ha visto intervenciones que, a su juicio, desvirtúan la construcción tradicional en Ibiza en un intento de abaratar costes. «Muchas veces vemos paredes en las que se pone la piedra grande, que es la base, a la vista, para que quede bonito, pero después detrás, en la parte de dentro, no hay piedra que contenga y se usan otros materiales que no tienen la misma capacidad», explica.
El problema también aparece en construcciones nuevas y reformas de viviendas de lujo. Advierte que cuando cae una gran lluvia, el agua debe salir por algún sitio, y si no puede, «no perdona. El agua tumbará las paredes para salir si hace falta».
Reclamo de apoyo institucional
A lo largo de sus años en el sector, Paquita ha trabajado en numerosas construcciones, algunas catalogadas como Can Frare Verd en Sant Agustí, además de grandes fincas privadas. Sin embargo, lamenta que ya no exista una escuela o taller como aquel en el que se formó en los noventa. En su opinión, las instituciones deberían apoyar mediante subvenciones, protección legal y formación la conservación de los marges y del oficio de marger y cantero.
Además, ante la emergencia climática que presenta cada vez fenómenos más fuertes también en las Pitiusas, estas técnicas son aliadas imprescindibles: «Cuanto más agresivas son las lluvias, más necesarios son los marges». Paquita considera que muchas personas del campo siguen intentando conservar y reparar las paredes tradicionales, pero que el coste dificulta mantenerlas.
Nueva etapa como maestra de tiro con arco
Hace unos ocho años que Paquita dejó de picar piedra. Una artrosis galopante estaba afectando a su brazo y su médica le advirtió de que, si continuaba ejecutando el movimiento repetitivo y forzoso con la piqueta, podía acabar sin poder moverlo. La posibilidad de no poder llevar una vida normal hizo que abandonara su pasión. Sa Picassa llegó a su fin hace un año.
Desde entonces, Marí se dedica junto a su marido a otra pasión: formar a nuevas generaciones de arqueros en el Club de Tir amb Arc d’es Cubells y en el de Eivissa. «Donde antes ponía el pico, ahora pongo la flecha», resume.
Fuente: Nou Diari · Esta información ha sido elaborada por la redacción de Novabalear con apoyo de herramientas editoriales automatizadas.
